LA  ADAPTACIÓN  AL  MEDIO

Ayer Coral – quince años – me dijo: “No quiero ser normal, detesto lo normal; quiero mostrar que soy individual”. Yo le contesté “Todos somos individuales, lo que pasa es que no hacemos tanto esfuerzo por  ir  mostrándolo”,

Ante mi pregunta, definió lo normal como algo así como lo rutinario, planeado, repetido y aburrido: levantarse a tal hora, comer a tal otra, etc., y yo decidí desencantarla de una vez informándole  que  esa normalidad era la ambición de mi vida: todo eso que ella detestaba, yo lo adoraba. Pero en la medida en que respectivamente lo supiéramos y nos respetáramos nuestros gustos, no habría problema.

No sé como de esto derivé hacia la idea de la adaptación, creo que pensando en la idea de normalidad: “La normalidad es una respuesta al ensayo de adaptación al medio”·. El que no se adapta al medio, o busca otro o sucumbe, tanto en el plano físico como en el psíquico.

Me acuerdo cuando era pequeña y vi  en “Fantasía”, de Walt Disney,  en la interpretación de “La Consagración de la Primavera”, de Stravinsky, a los dinosaurios dibujados arrastrándose penosamente bajo un sol cada vez más fuerte sobre una tierra cada vez más seca. Y con sed creciente  buscando unas briznas de hierba o un poco de agua, y al final las últimas escenas de los estertores, con la boca cerca de algún lugar fangoso, en un último intento de procurar la humedad en y para la cual habían nacido. Ese era un caso en el que cambió el medio y no cambió el ser, y pereció. Aun cuando en la película todo eso pasara en minutos y en la realidad insumiera millones de años.

La biología  nos da también muchos ejemplos de adaptación al medio, pero se me ocurre ahora preguntar por qué no sobre la misma especie. Es decir, mientras algunas han evolucionado hasta el punto de ser inicialmente marinas y después terrestres, o viceversa, los insectos siguen iguales siempre,  y los reptiles en general se han limitado a disminuir de tamaño – quizás una consecuencia de su pérdida de hegemonía. En los mamíferos, ha habido cierta adaptación  pero no mucha. Entre un lobo o el perro salvaje y el doméstico actual no hay demasiada diferencia física, lo mismo que entre el caballo salvaje y el doméstico. Incluso en el hombre  - hay suficientes muestras de tipos humanos primitivos en  Oceanía y África – físicamente no ha habido notable evolución. Las diferencias realmente fuertes en ambos casos (animales y hombres) provienen del influjo  social, que modifica incluso la expresión.

Volvamos al principio (cuando empecé a hablar de los dinosaurios, que perecieron por incapacidad de adaptación al medio) y apliquemos estas consideraciones a  nuestra sociedad actual la que antes estuvo de moda llamar “civilizada” y después sucesivamente “europea”, “occidental”, “industrial” y “de consumo”- aun cuando podría aplicarse a cualquier otra.  No hay que olvidar que cuando hablamos de sociedad, de cualquiera de ellas – de consumo, victoriana, medieval, romana – estamos generalizando y tipificando tanto como cuando hablamos de  determinada clase social o incluso de persona. Estamos haciendo  apenas un retrato instantáneo de una abstracción, puesto que los tres elementos – sociedad, clase y persona- no son fijos, sino móviles y cambiantes. En el caso de una sociedad, está a su vez integrada por multitud de microsociedades y subgrupos tan abundantes, diferentes y en continua evolución  como los miembros de una clase social o las células del cuerpo humano.

Bien, en cualquier caso, dentro de esta sociedad-global-tipificada de consumo (tomada como ejemplo, repito, como podría serlo otra) hay una serie de situaciones regulares que nos conducen al hábito: selección consagrada y automatizada de la respuesta más inteligente.

Podemos vivir gracias al hábito, que nos economiza tiempo y errores. Nos deslizamos sobre él como por sobre de una mullida alfombra que nos protege. El problema surge cuando cambia la situación y seguimos empleando la respuesta habitual, lo que sucede mucho más a menudo de lo que podría suponerse. La inteligencia ha sido definida como la capacidad de adaptación a situaciones nuevas; pero no implica la exclusión del hábito, cuando la situación es permanente. En concreto: la inteligencia consistiría en saber aplicar  el hábito (por racionalización y economía) cuando corresponde, y substituirlo por la respuesta más adecuada cuando se produce un cambio de situación, tanto en el plano físico como en el intelectual y el emotivo.

Desde un punto de vista más amplio – y ahora se  entenderá por fin el papel de la adaptación en todo esto – la inteligencia sería el uso de los hábitos en el plano social que, al ser la respuesta más adecuada a las exigencias de la sociedad en que vivimos, se convierten en normas morales y transforman a las personas en seres “normales”. Hacemos las cosas normales ( morales, del latín mor, moris: costumbre) porque son funcionales  son prácticas, son cómodas, nos evitan problemas. Ello explica que haya conductas morales que no son éticas, como, por ejemplo, matar en la guerra. Para un soldado, es una acción legal y moral, pero no ética.

Ahora bien: el uso de los hábitos debe limitarse a lo que es: un fondo cómodo para actuar. Y actuar es pensar, crear, ser individual. Mucha gente vive encerrada, sumergida además de recostada en el hábito. Y allí termina, olvidando que éste – y en consecuencia, la conducta social normal – tiene que servirnos solamente de equipo para caminar. Y caminar es vivir, es decir, centrar nuestra individualidad y originalidad en nuestra   creación, nuestro pensamiento propio y único. Alertemos a las personas que consideran al hábito como una especie de valor supremo y olvidan su puro y simple carácter pragmático de respuesta cómoda y automatizada a una situación, pero sin caer como Coral en el error de pensar que la solución está en el anti-hábito, en el actuar simplemente al revés de los demás, pues entonces  nos seguiríamos moviendo en el plano equivocado.

Hagamos de la lectura matinal del diario, del desayuno, del trabajo, de las visitas, de la sonrisa al vecino, hábitos que nos son necesarios para desenvolvernos y actuar en nuestra sociedad y en nuestro ambiente. Pero no pensemos que vivir es eso. Eso es el fondo a partir del cual tenemos de remontarnos para vivir.

 

 

Montserrat Mira

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