¿Es posible el dominio de la agresividad en el plano individual y en el social?

 

 

(Escrito para la mesa redonda sobre Neurosis de Guerra en el III Congreso Virtual de Psiquiatría- febrero del 2002)

 

Mi posición ante esta pregunta es que sí, que es posible, tanto teórica como prácticamente, pero solo por determinados períodos, pues permanece latente y resurge ante cualquier oportunidad, y esa opinión la hago válida para ambos planos, el individual y el social.

Del examen del surgimiento de la agresividad a nivel biológico deduciremos su definición, requisito indispensable para reflexionar o debatir sobre ella.

La descripción siguiente está basada en un estudio que efectuó mi padre, el Dr. Emilio Mira y López, sobre el miedo, la ira el amor y el deber,” los cuatro núcleos energéticos que orientan, propulsan y a su vez limitan el universo mental del hombre” y que fue publicado en un libro destinado al público general, lo que justifica su atractivo y comercial título de “Los cuatro gigantes del alma” (El Ateneo, Buenos Aires, 1947) libro que aún continúa reeditándose actualmente.

Génesis de la agresividad: el miedo

Si ya en cualquier protozoario se produce una inactivación (cese de actividades) en respuesta al impacto de un excitante que modifique su ritmo metabólico, con la aparición del sistema nervioso en la escala animal se dan las condiciones para la creación del reflejo condicionado: ante un estímulo asociativamente ligado a la acción dañina se observa el mismo cuadro de disminución o detención de sus funciones vitales, y por ello es posible notar en cualquier vertebrado esa inactivación en previsión de posibles daños: eso es el miedo. Solo en un grado más avanzado y elevado de complicación biológica se produce una conducta derivada de la anterior pero ya intencional: la conducta fugitiva o reacción de huida, el alejamiento natural del ser ante una situación dañina.

La ira nace del miedo. Si el miedo es el residuo y anticipo de muerte que lleva consigo la vida, la ira es la expresión de protesta contra aquel, a la vez que el intento de expulsión del material letal, descargándolo en un impulso de anulación que la escuela freudiana denomina tánico-destructivo y que proyectado hacia el exterior (variante sádica) puede llegar hasta el asesinato o, proyectado hacia el propio Yo, (variante masoquista) hasta el suicidio,

La célula viva ya tiene la propiedad de irritabilidad y a medida que se asciende en la escala biológica y aparecen los órganos de secreción y movimiento, ciertas plantas y casi todos los animales no solo se defienden sino que atacan a sus agentes vulneradores.

Ascendiendo aún más en la escala animal se llega a encontrar un tipo de irritabilidad que depende no ya de ataques exteriores sino de impulsos y necesidades del organismo (el hambre, la sed, la reproducción, etc.) En este caso no es ya la presencia, sino la ausencia de ciertos elementos, lo que irrita al ser y pone en marcha sus dispositivos de ataque.

Un paso más en la complicación evolutiva y el animal estará empleando esta conducta para dominar al medio y ponerlo a su servicio. Se puede decir que se irrita un poco constantemente para evitar irritarse demasiado en las emergencias.

Esta nueva forma de comportamiento, en la que la irritabilidad se desencadena sin causa aparente, y que podría ser llamada conducta imperialista o invasora del animal en el espacio vital, es lo que en psicología se denomina agresividad. Y el animal más agresivo, como se ha dicho muchas veces, es el hombre.

La ira humana puede llegar a culminar – como la animal – en estado de furia, pero es más frecuente que la ira no descargada en agresividad (muchas veces por estar mezclada con el miedo) y mantenida en conserva se convierta en rencor, y cuando es fuerte, en odio. Surgen así los odios religiosos, raciales, políticos, profesionales y hasta los familiares.

Resumiendo con mis propias palabras, la agresividad vendría a ser, pues, la manifestación ya elaborada y racionalmente administrada del primigenio instinto de la irritabilidad (ira). El proceso quedaría encadenado así:

 

Miedo – variante a) inhibición – fuga –

Variante b) irritación – cuando descontrolada: rabia

Cuando controlada: agresividad

 

Agresividad – cuando no descargada (por influencia del miedo): rencor – si éste es muy intenso: odio

Tenemos, pues, que si aceptamos lo hasta aquí expuesto –que la agresividad es la irritación controlada y puesta al servicio de los intereses del individuo que la vivencia– se fundamenta mi afirmación inicial en el sentido de que puede desaparecer en apariencia (por voluntad transitoria) pero como se conserva oculta bajo la forma de rencor u odio reaparecerá a la superficie en su readquirida forma de agresividad en las ocasiones propicias.(en los animales será física, en los humanos podrá ser física, verbal o de conducta sistemáticamente planificada)

Volviendo al esquema de la descripción de Mira y López, cabe acotar que el amor y el deber, los siguientes “gigantes” estudiados, pueden actuar - y actúan - como elementos represivos de la misma. Es más, el deber es, de los cuatro, el único elemento exclusivo de los seres humanos ya que no tiene un origen biológico sino social y además es el más poderoso, capaz de sojuzgar a los otros tres.

Reforzaré aún mi tesis con el auxilio de Karl Mannheim, el genial sociólogo alemán que fundamentó la sociología del conocimiento en su libro “Ideología y Utopía”. Como es sabido el título del libro deriva del reexamen que hace el autor de ambos términos, describiendo su visión de la historia como una sucesión encadenada de ideologías y utopías. Coincide con la descripción marxista de la Ideología concebida como el pensamiento de la clase dominante que es impuesto al resto de la sociedad. Pero aporta ciertos sutiles perfeccionamientos que le llevan a poder afirmar que las ideologías son aquellas doctrinas que no concuerdan ajustadamente con la realidad, es decir, son en cierto modo irrealizables, mientras que las utopías son, como las definió Lamartine “verdades prematuras”.

Cuando en una determinada sociedad hay una clase gobernante que lleva tiempo imponiendo su ideología, siempre surgen núcleos disconformes que trabajan para implantar su propia concepción del mundo y de la organización social, calificando despectivamente de caduca la de la clase gobernante. A su vez, ésta califica de utópicas las aspiraciones de sus contestatarios. Si estos núcleos tildados de utópicos llegan – por evolución o revolución – a conquistar el poder, imponen al resto de la sociedad su pensamiento que, con el curso de los años y el desgaste diario ante los problemas concretos de la administración se va despojando del idealismo inicial para tornarse más práctico, hasta que finalmente se esclerotiza y petrifica, deviniendo una ideología que ya no se adapta a la realidad a la cual pretende dominar pues con los años las situaciones van cambiando. Mientras, bajo la superficie se empieza a gestar una nueva utopía, que cuando llega a alcanzar el poder sufre un proceso similar. Las utopías pueden ser, pues, de acuerdo con esta interpretación mannheimiana – que yo personalmente acepto - realizables, Lo que sucede es que la clase dominante llama utopía a la visión del mundo de sus grupos críticos y éstos llaman ideología a ese conjunto de ideas petrificado de la clase dominante.

Por ejemplo, el cristianismo fue, cuando surgió en el imperio romano, una utopía que llegó a cristalizarse y a alcanzar el poder a partir de Constantino pero fue sufriendo el proceso que acabo de describir y al llegar a la Edad Media solo conservaba intacta ya su forma, la caparazón externa, la Iglesia como institución con sus ritos y su red jerarquizada de autoridades. Y no es necesario recordar que las guerras de religión y los Tribunales del Santo Oficio de la Edad Moderna no tenían ya nada que ver con las revolucionarias prédicas de amor de Jesucristo recorriendo descalzo las arenas de Galilea.

 Pero – y aquí llegamos al punto en que se relaciona con mi tesis – concretamente, uno de los ejemplos que proporciona Mannheim para ilustrar la suya, es el de la ideología del amor cristiano en una sociedad medieval.

Dice él que la prédica de amar a sus semejantes en una sociedad basada en la esclavitud y en la servidumbre feudal, no podía ser más impracticable y, en consecuencia ideológica, aunque su significado constituyera de buena fe un motivo de conducta individual (podía, apenas ser practicado por un puñado de monjes en la soledad y aislamiento de un convento).

Copio textualmente:

“Dicho en otras palabras: no es posible vivir de un modo consecuente a la luz del amor fraternal cristiano en una sociedad que no está basada ni organizada sobre el mismo principio”

 Aceptado esto – y yo lo acepto, así como su estupenda afirmación de que “vivimos en la ficción de una sociedad racional” - se puede deducir de allí que no será posible implantar conductas de amor, ,justicia y solidaridad y erradicar la agresividad y la violencia mientras estemos en una sociedad que practica y permite estas últimas.

Es más, vivimos en un orden mundial cuyas principales industrias y fuentes de ingreso son las armas, la cosmética y las drogas. Se finge tener como valor supremo la paz, la justicia y la fraternidad pero en abierta contradicción con las bases morales estructurales del capitalismo que son el triunfo del fuerte sobre el débil. Se desarrollan las relaciones internacionales en el ámbito de una cínica comedia, y ese cinismo de disfrazar las conductas más agresivas y destructoras bajo el manto de palabras grandilocuentes ha alcanzado en nuestra época el mayor grado de toda la historia.

En estos momentos se abre una pequeña luz de esperanza a través de una utopía en formación: la que representan los movimientos surgidos a raíz del

El Foro Mundial de Porto Alegre en oposición espíritu del Foro de Davos reunido el mismo año 2002 en Nueva York. Ojalá se cumpla en este caso la visión histórica de Mannheim y la utopía de este núcleo de gente que parece haber quedado consolidada y estar echando raíces –como lo demuestra el creciente rechazo de las masas populares a las guerras agresoras simbolizadas por la invasión a Irak – se desarrolle en el curso del siglo XXI hasta alcanzar el poder e implante un verdadero espíritu de amor en la sociedad.

Concluyo transcribiendo unas palabras de Platón extraídas del libro V de “La República”:

“En tanto que los filósofos no reinen en las ciudades o en tanto que los que ahora se llaman reyes y soberanos no sean verdadera y seriamente filósofos, en tanto que la autoridad política y la filosofía no coincidan en el mismo sujeto, de modo que se aparte por la fuerza del gobierno a la multitud de individuos que hoy se dedican en forma exclusiva a la una o a la otra, no habrán de cesar, Glaucón, los males de las ciudades, ni tampoco, a mi juicio, los del género humano, y esa organización política cuyo plan hemos expuesto no habrá de realizarse, en la medida de lo posible, ni verá jamás la luz del sol....”.

 

 

Montserrat Mira

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