Los catalanes que regresan

Esta es la traducción al castellano de un artículo escrito por mí a los pocos meses de regresar a Catalunya tras 38 años de ausencia, publicado en catalán bajo el título “Els catalans que tornen” en el entonces recién nacido diario “Avui”, el 14 de octubre de 1978. Se acababa de redactar la nueva constitución española otorgando la autonomía al país, oprimido durante tantos años por el franquismo. Considero que pese a su antigüedad mantiene su vigencia si se aplica a otros casos semejantes que se reproducen en la actualidad.

Los catalanes de Catalunya están tan preocupados, con razón, por el resurgimiento del país, tan nerviosos por el peso de la responsabilidad que ha caído sobre las espaldas de la generación actual de ofrecer una Catalunya tan emancipada y organizada como sea posible a sus descendientes, tan ocupados en la rehabilitación de los que fueron perjudicados por sus ideas políticas, tan sumergidos en querer reedificar su sociedad en todos los órdenes y sentidos que, disculpablemente se olvidan de una pequeña minoría que, no por serlo, deja, dentro de un sano espíritu de justicia, de tener aspiraciones y derechos.

Me refiero a la minoría constituida por los catalanes que vuelven. No dispongo, lamentablemente, de fuentes estadísticas que aducir, pero me baso en el conocimiento de unos cuantos casos concretos que permiten inferir, por lógica, la existencia de unos cuantos centenares, sino millares, de catalanes que, habiéndose marchado después de la guerra civil y después de haberlo perdido todo entonces por ser fieles a sus principios, edificaron nuevamente su vida en tierras lejanas, siempre, empero, con la mirada y la añoranza en las nativas. Y después de casi cuarenta años han escogido perder su segunda patria por fidelidad a la primera, para acompañarla y ayudarla en estos momentos difíciles, pero maravillosos, del resurgimiento.

Este diario publica, en actitud muy adecuada, una sección dedicada a los muertos durante el exilio. Quizás debería ir seguida de una sección dedicada a los que han retornado de él. Si son honrados los muertos, también merecen serlo los vivos. Pero lo más importante, realmente, no es eso, lo importante es aclarar algunos conceptos erróneos que he vislumbrado en las actitudes de los catalanes que permanecieron aquí respecto de los que se fueron y ahora regresan.

En primer lugar no los reconocen. Treinta y ocho años de convivencia e influencia de otro idioma o, en el caso del castellano, del castellano profundamente diferente, tanto en entonación como en vocabulario, de los países de la América Latina, marcan su pronunciación catalana, por más que hayan tratado de conservarla pura a través del contacto con sus compatriotas exiliados.

Y el resultado es que somos confundidos con un extranjero que intenta hablar en catalán, y nos contestan invariablemente en castellano, que es una forma de querer decir “no intentes hacerte pasar por lo que no eres”. Yo, que he pasado estos treinta y ocho años en la Argentina, me encuentro con la paradoja de que son mis propios paisanos los que hacen que ahora tenga un sentimiento exacerbado de orgullo hacia mi segunda patria que respetó, en cambio, y no solamente toleró, mi condición de catalana. Quiero decir que la Argentina no solamente nos ofreció todas las ventajas de su ciudadanía (excepto en el caso de los voluntariamente no-nacionalizados, como yo, el derecho al voto) sino que además, trataba y trata con gran estima y respeto a todos los catalanes y a todos los extranjeros que acoge en sus tierras, y generalizando, puedo decir que toda la América Latina estima, respeta y ayuda a todos los extranjeros inmigrantes, y mucho más aún si provienen de la península ibérica.

Mis constataciones, en el caso inverso, no son las mismas. Entonces, quizás no es necesario dramatizar describiendo los sentimientos que se pueden experimentar cuando una es mirada, en su supuesta calidad de sudamericana, con un cierto recelo y tratada con una cortesía especial y fría que nunca calificaré de abierta hostilidad porque mentiría.

Aquí se podría objetar que no se puede pretender que los catalanes de Catalunya “adivinen” a un catalán retornado tras una apariencia sudamericana. Es cierto. Pero lo que yo aquí cuestiono, como catalana no solamente nativa sino también por ascendencia materna, es aquello que un sudamericano no podría o no se atrevería a objetar: la reserva y la desconfianza respecto a personas de otros pueblos que no la practican “chez soi”. Este es el primer punto, deber de honor hacia un país y un continente que nos ha acogido.

El segundo punto sucede en la hipótesis de ser reconocido ya como catalán retornado. En este caso, desde un punto de vista oficial, nos encontramos con que no solamente no nos son facilitadas, sino que incluso nos son obstaculizadas las gestiones para revalidar los títulos o para el ejercicio de las profesiones, cuando serían necesarias disposiciones gubernamentales que, por el contrario, las favorecieran. Y por lo que respecta a las relaciones particulares nos encontramos frecuentemente con la actitud: “¡Ah! Vosotros sí que lo pasasteis bien, no sabéis lo que fue aquí la posguerra…”

De acuerdo, pero parcialmente. Y digo parcialmente porque no es que no lo sepamos, pero no lo hemos pasado, y una cosa es saber algo y otra pasarlo. Pero ¿es que los catalanes “de aquí” saben (no digo ya si lo han pasado) digo, saben, lo que hemos pasado los exiliados? No ha sido una vida de príncipes, disfrutando del oro robado a la República, como muchos piensan. Ha sido una vida de recomienzo, de lucha, de terrible lucha para volver a hacerse un nombre, una posición, y durante la cual hemos mantenido una solidaridad permanente con el país lejano. Ha sido una vida de honrar su nombre – y no me refiero a mí, sino a los otros- a través de destacadas funciones en el campo laboral, científico y tecnológico, de vivir en otros países sin usar, por orgullo, la protección de los consulados propios. Y lo que han hecho los republicanos, catalanes y españoles, en el exilio, lo han hecho y lo hacen también los argentinos y los chilenos en el exilio, y todo aquel que ha pasado por esta condición sabe comprender a quienes lo pasan, cualquiera sea el punto de la tierra al que pertenezcan.

Respecto a los que se quedan, no sé. No sé, por ejemplo, cual habrá sido la reacción de los israelitas nativos respecto a los judíos que han ido retornando desde todas las partes del mundo a su tierra una vez acabado el protectorado inglés. Pero si hubiera sido similar a la que aquí comento, haría pensar que, como dice la sociología, las divisiones entre los grupos humanos no se hacen solamente por nacionalidades o por ideas políticas sino básicamente por grupos de pertenencia cultural generacional.

Pero aquí habría, en el caso específico de la preeminencia de la nacionalidad reivindicada por los catalanes de Catalunya, una cierta contradicción que me permito resaltar, como pequeña crítica constructiva “en familia”: si los catalanes hemos de estar orgullosos de nuestra nación y de nuestra cultura, hemos de comenzar por ser un pueblo abierto y generoso, tanto con nuestros propios compatriotas como con todos aquellos que acogemos en nuestra tierra. Esta es la lección que nos dio América. Incorporémosla a las virtudes de la nueva Catalunya que edificamos.

 

 

Montserrat Mira

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