Disquisiciones sobre la cultura

¡Pobre cultura!, quiero decir ¡pobre palabra “cultura”! ¡Cuántos crímenes se cometen en tu nombre! Claro que menos dramáticos y terribles que los que se han cometido en nombre de “Dios”, y los que continúan cometiéndose en nombre de “Patria” o de “Libertad” y “Democracia”. Pero volvamos a nuestra pobre e infortunada Cultura.
Se ha logrado hacer, Cultura querida, que la gente te tenga miedo y escape de ti, porque siempre se teme lo que se desconoce. En una amplia encuesta que hizo tiempo atrás un periódico barcelonés, la mayor parte de los encuestados tuvieron actitudes de retracción, desasosiego e incomodidad cuando se les pidió una definición y se les preguntó una opinión sobre ti.
Desde siempre se te ha confundido atolondradamente con tus padres Educación e Instrucción, tu hermanastra, Erudición, e incluso con tus propias hijas, Arte y Ciencia.
Hay una sola constante a tu favor: siempre se te otorga una valoración socialmente positiva. Y esto, que debería de ser tu suerte, es tu desgracia, porque yendo tras ese prestigio que te rodea como una aureola substancial, intrínseca y natural, se cobijan bajo tu manto protector toda clase de desvaríos.
Centrémonos desde el principio para aclarar las cosas, porque es más fácil criticar que hacer, destruir que construir.
Tu origen proviene del latín cultura, y sus derivados “cultus”, cultivo, cuidado, práctica de algo, y “cultor”: cultivador, protector, amigo. Originariamente se aplicó al cultivo del campo (ager, de ahí agricultura, agricultor) pero por extensión se aplicó a todo (cultus litterarum: ejercicio de la literatura, cultus corporis: cuidado del cuerpo cultus deorum: culto de los dioses) y como adjetivo pasó a significar cuidadoso, adornado, trabajado, refinado, elegante… en otra acepción se aplicó al género de vida (agrestis cultus vida de campo) Así el verbo colo,coles, colere, colui, cultum significaba al mismo tiempo cultivar, cuidar, honrar y venerar .
Resumiendo, en todos los casos eres fruto de un esfuerzo humano voluntario y artificial, en el sentido de opuesto a lo natural. No eres obra de la Naturaleza, sino del Hombre.

Cultura en sentido sociológico
Por tener presente esa característica esencial, es que se considera que el primer recipiente de barro, las primeras chozas y barracas, las primeras flechas e instrumentos varios que creó con intencionalidad de uso el hombre primitivo dieron origen a tu nacimiento. Y así, las personas entendidas (especialmente antropólogos y sociólogos) consideran, en un ejemplo quizás extremo, que una piedra hallada en un campo es un objeto natural, pero esa misma piedra tallada en determinada forma y con un determinado objetivo, o simplemente colocada en un lugar permanente para adorarla como a un dios, pasa a ser un objeto cultural. Y llaman cultura de un pueblo a todo el conjunto de objetos, sistemas de relaciones instituidas entre sus miembros y creencias comunes que es característica de ese pueblo (pequeña tribu, grupo étnico, Nación o Estado) y transmitida por generaciones, llegando a constituir tradición.
Con el curso del tiempo ese significado tuyo tan amplio e importante – el de Hija de la Humanidad – ha sido delimitado, apretado, comprimido y reducido a aquello más exclusivo y tradicional de un pueblo y hasta ha recibido un nombre propio: Folklore. Y esa palabra te ha substituido hasta el punto de que cualquier lego en ciencias podrá ver a un par de castañuelas o una ensaimada mallorquina como objetos folklóricos, pero difícilmente los pensará como objetos culturales. Bueno, con esto no se hace daño a nadie, se argumentará, ni se falta demasiado a la verdad; es una simple cuestión de nombre y la Cultura no se ve perjudicada por eso. De acuerdo, y de acuerdo también en que ese lego, manteniendo y ampliando la otra vía de acepción en su origen latino, tenderá a usar tu nombre para calificar el resultado del saber, del conocimiento, identificando al hombre “culto” como el hombre “que sabe mucho”, refiriéndose más ese saber al saber de tipo humanístico que al estrictamente científico, hasta el punto que en su forma gubernamental institucionalizada se crean ministerios de Educación, Ciencia y Cultura en forma separada o conjunta según los países (Educación y Ciencia; Educación y Cultura, etc.)

La cultura como saber
Olvidándonos ya – sin que por ello deje de existir – de la acepción amplia, sociológica, descrita inicialmente, así como de la etimología, y ciñéndonos a la referida acepción vulgar de acopio de conocimientos, cabe formular posteriores precisiones. Dejo aquí sentada mi posición personal que coincide con la del escritor cuyo nombre no recuerdo que definió la cultura como “!o que queda después de que se ha olvidado todo”, es decir, la diferenció totalmente de la Erudición. Para que haya cultura tiene que haber habido un saber previo, o sea, éste es condición necesaria, pero no suficiente, pues el saber en muchas personas queda cristalizado (por no decir fosilizado) en erudición, sin que llegue a producirse ese misterioso proceso espiritual que hace que algunos individuos elaboren internamente ese saber, seleccionando lo substancioso y desechando lo frívolo, y se conviertan en personas realmente cultas.
La Cultura y la Ciencia nacieron de la pregunta “¿Por qué y para qué?” que se vienen formulando los hombres desde que existen, es decir, nacieron de la Filosofía pero en una especie de Santa Trinidad ya que son al mismo tiempo consubstanciales y derivadas. La actitud de curiosidad humana – la actitud filosófica – fue, con el transcurso del tiempo, gradualmente desvalorizada, dividida y compartimentalizada, hasta llegar a la paradoja de que actualmente la Filosofía ha quedado relegada a ser un mero compartimento dentro de la Educación general, siempre el más relegado y olvidado dentro de los programas de estudio.
Pero el curso del tiempo ha creado aún más confusiones en relación al orden primigenio de las actividades humanas. En la antigua unidad del quehacer cultural tribal (volvemos por un instante a la primera acepción sociológica) la talla – posteriormente escultura – el dibujo, la pintura, la danza, eran actividades integradas a la comunidad, sin mayores pretensiones, generalmente efectuadas en función de un sentimiento religioso o con fines pragmáticos (atraer o alejar a determinados espíritus), y nadie se creía importante por ejecutarlas. A través de los siglos la identidad inicial entre las palabras artesanía y arte se fue diluyendo hasta llegar a considerarse dos cosas separadas, con una valoración bien diferente. Lo mismo sucedió, en otro orden, con la ciencia y la tecnología. Y así hemos llegado al punto en que la Tecnología, que hasta el siglo XIX era apenas el resultado práctico de la Ciencia, tiene ahora a su propia madre trabajando a su servicio, en una posición de total sumisión (¿dónde están los grandes científicos que pueden hacer ciencia pura, no pragmática?)

Otras acepciones recientes
Últimamente se está empleando mucho ese término como sinónimo de “costumbre” o “hábito”. Así se habla de “la cultura de la violencia”, “la cultura de la copia”, “la cultura del ocio”, etc. y también como sinónimo de enfoque general de un determinado aspecto: así “la cultura del agua que el siglo XXI reclama…” “necesitamos una nueva cultura de la energía...” “Las previsiones energéticas fuerzan la necesidad de un cambio cultural...”. Aún y para ilustrar finalmente el grado de confusión que hay con el término recordaremos que el Gremio de Restauración de Barcelona (que agrupa restaurantes, cafeterías y bares) elevó en febrero del 2002 un manifiesto firmado por sus integrantes titulado “¿Por qué la cultura no incluye el arte culinario?”, dirigido al Parlamento de Catalunya solicitando “que lo conviertan en una proposición no de ley y alcance así el reconocimiento público con sus consecuencias sociales y culturales” y en junio del 2004 un manifiesto similar, pero ya de nivel internacional, fue entregado al consejero delegado del Fórum de las Culturas organizado en Barcelona, firmado por 200 conocidos cocineros españoles y franceses para que “la cocina sea un bien cultural patrimonio de la humanidad”. Evidentemente, olvidaban que la cocina está ya incluida en la cultura en un sentido sociológico, y pretendían que fuera incluida en el sentido de “saber”.

Cultura y Arte
Pero volvamos a la relación Cultura-Artesanía-Arte. Exactamente, ¿a qué se llama en la actualidad Arte? ¿a la creación de algo no-material? ¿A una música, una idea, un dibujo o una pintura que aunque estén apoyados en elementos materiales tales como pentagrama, papel y tinta, óleos y telas, son algo más que eso?
En realidad, serían tan objetos culturales como un traje folklórico y sin embargo nadie pagaría millones de dólares por un traje folklórico y sí por un Rembrandt. Entonces hay que concluir que el Arte u Obra de Arte tiene en sí algo único, irrepetible y especialmente valioso.
Es Arte-Cultura (o, mejor dicho, Cultura sección Arte) una obra de Shakespeare o una sinfonía de Mozart. Nadie en el mundo va a decir que no. Pero si toda creación única y peculiar de un ser humano va a llamarse cultura o arte, ¡vaya en la confusión que entramos! Tendríamos que llamar obra de arte al jersey que tejió con combinaciones de puntos y colores inventados cualquier habilidosa señora. Así se explica el terror de los encuestados por el periódico barcelonés (¿Cultura es Saber? Pero el Arte es Cultura y no es Saber...)
¡Ah! Se dirá: ¡Son producciones humanas únicas, peculiares, creaciones individuales subjetivas, irreproducibles, irrepetibles, que además son buenas!
¿Qué quiere decir que son buenas? ¿Que tienen calidad? ¿Y qué quiere decir que tienen calidad? ¿Que son buenas? Creo que entramos en un círculo vicioso del que solo podremos salir diciendo que es bueno y tiene calidad lo que nos gusta. ¿O sea que Arte es lo que nos gusta? ¿O lo que gusta a la mayoría de la gente? ¿O lo que gusta a una minoría de gente selecta entendida en el asunto?
Traté de responderme a mí misma estos interrogantes en el texto que escribí para presentar el catálogo de una exposición de óleos que realicé en abril de 1986, y que aunque estaba referido a la pintura se puede considerar extensible a otras manifestaciones artísticas. Es el siguiente:

 “Decía el crítico argentino Córdova Iturburu que en toda obra, hasta en la más realista, interviene la subjetividad del pintor, y otro renombrado colega, Jorge Romero Brest, afirmaba que un cuadro no puede ser clasificado como el resultado de un examen o de una competencia deportiva: éste vale 8 puntos, este 6, este 10…"

A su vez, Romain Rolland y Rainer Maria Rilke preconizaban, junto con otros, que lo fundamental en el arte es la sinceridad.
Si transcribo estas opiniones es porque coincido con ellas, y a ellas querría añadir algunas personales complementarias:
La subjetividad que se da en el artista, su “estilo”, por así decir, se dirige y repercute en la del espectador-receptor, a través de una vía puramente intuitiva. Cuando un cuadro o un dibujo gustan instantáneamente, “porque sí” a alguien, ha cumplido su doble cometido: uno, satisfacer la necesidad de expresión de su autor y dos, repercutir en la sensibilidad afín de otro ser. En ese “gustar” se produce la comunión entre dos personas, su complicidad, aunque el autor esté lejano en el espacio y en el tiempo.
El arte debe referirse a la belleza, captando la esencia de ella que se encuentra en las líneas, colores y movimiento de algo reproducido o imaginado; en ambos casos el artista ve y hace ver lo que no se ve a simple vista. El que reproduce cerebral y lógicamente su entorno, como si fuera un computador, entra en la artesanía, pero a su vez el que extrema su subjetividad y reproduce un mundo excesivamente hermético y propio, sin tender los hilos que ayuden al espectador a entrar en él, no cumple con su misión.
Concibo, pues, el arte como la captación de la esencia de las cosas por un ser que intenta compartirla con otros, y eso es lo que aspiro a lograr, sin pensar en estilos ni escuelas, sin premeditar; cumplo con la condición de sinceridad, sin entrar en el personalismo hermético. El alcance de los logros tiene que permanecer en la órbita de mis deseos”.

Cultura e Industria Cultural
Es el signo más destacado de nuestro desdichado tiempo confundir Cultura con Industria Cultural. Frases de una ministra española, en 1994 “Es fácil caer en el prejuicio de que la cultura es un gasto superfluo. Sin embargo, las actividades culturales se están convirtiendo en un factor clave para el desarrollo económico” y anunciaba la preparación, en colaboración con el ministerio pertinente, de un plan estratégico de Turismo Cultural.
La fiebre por el tema llevó en Catalunya a la creación del Instituto Catalán de las Industrias Culturales y actualmente se prepara la creación del “Instituto para la creación Artística y el Pensamiento Contemporáneo”.
Hace ya más de diez años, el escritor alemán Hans Magnus Enzesberguer, publicó en “El País” (17.6.1993) un estupendo ensayo refiriéndose a la substitución de la Cultura verdadera por ese dinámico show comercializado que ha invadido últimamente al mundo internacional.
Dice el autor:

“...academias, fundaciones, congresos, festivales, museos, ferias, universidades de verano, sindicatos, centros de congresos, centros de formación, seminarios, centros de encuentro, grupos literarios, centros juveniles...; créanme, que no es culpa mía que esta frase no se acabe nunca. Mírese donde se mire, todo es un pulular de simposios, presentaciones, congresos, lecturas, mesas redondas, conversaciones ente autores, diálogos, discusiones, ciclos de conferencias, podios talk-shows, tertulias... {.....} Podría pensarse que Gutenberg, Hertz y Marconi no existieron; que no se inventó la impresión de libros, que vivimos en un mundo sin radio, sin técnicas de reproducción y de transmisión... {.....} Un cálculo muy aproximado da como resultado que en la República Federal Alemana se celebran anualmente unos 30.000 actos culturales {....} Por lo tanto, la demanda de artistas culturales es igualmente alta. Entre oferta y demanda se abre una gran pinza. Correspondientemente, se hace inevitable una mayor profesionalización del gremio”.

 Tras las consiguientes consideraciones sobre la frivolidad que deriva necesariamente de ello, prosigue más adelante:

 “Al fin y al cabo, se trata de las pocas industrias que florecen también en la recesión {....} Con los millones que mueve, ganan dinero también otros sectores de la economía: el ferrocarril, los hoteles y los bares, las compañías aéreas, los impresores de carteles y las oficinas de viajes.”

Y pasa a dar a continuación una de las más bellas definiciones de cultura que he oído jamás:

“La cultura es una cosa silenciosa, por no decir poco vistosa. Uno abre un libro, otro toca un poco la flauta; dos personas discuten toda una noche sobre Dios y el mundo, guerra y paz, nativos y extranjeros. La restauradora despega en su taller la amarillenta película. El compositor se inclina sobre su partitura. El investigador tiene una idea. Y así sucesivamente. Todo eso no impresiona mucho por sí mismo. Todo eso no ocurre delante de las cámaras de televisión. Todo eso no aparece en los periódicos...”

El escritor, el artista
Decía Jorge Luis Borges en una conferencia pronunciada ante la Sociedad Argentina de Escritores en 1976:

 “Suele pensarse que ser escritor es un oficio. Yo no comparto esta opinión melancólica. Creo que ser escritor es algo más importante que un oficio. Creo que es un destino.
Creo que sería mejor que los escritores no vivieran de lo que escriben, porque así prostituyen la literatura por el deseo de ganar; en cambio, si el escritor fuera al mismo tiempo un carpintero, o si puliera lentes como Espinoza, podría dedicarse a ese trabajo que le aseguraría el pan. Y luego podría dedicarse al otro trabajo, sin apresurarlo, porque no pensaría en la gloria. Es un error pensar en ser conocido. La gloria es una forma de molestia, de incomodidad. ¿De qué sirve eso? A nadie, no tiene ninguna importancia. De esa manera tendríamos escritores que vivieran de un oficio y además fueran escritores. Creo que eso es lo que ocurre en la realidad”.

La tesis mantenida por Borges en la referida conferencia fue la de que el artista, en general, debe sentirse suficientemente compensado por el acto de efectuar su creación, pues el verdadero artista siente la necesidad de expulsarla, de arrojarla, de vomitarla, por decirlo aún más crudamente. Después... esa obra entra en el pasado y en un determinado momento se empieza a perfilar la necesidad, la urgencia perentoria, de la próxima, en forma totalmente ajena al mundo circundante.

Conclusiones
Las tesis de Enzensberger coinciden, como se habrá podido observar, con la posición de Borges: hay que desmercantilizar a la Cultura, considerarla como un valor, un bien, al estilo de la Idea platónica, del cual uno se puede llegar a impregnar, dándole a su vida más profundidad y sentido. Sacarla del escenario teatral al que se la ha subido, como fenómeno de feria, y substituir las subvenciones por fomento a la infraestructura cultural: basta con ofrecer estudios para que puedan pintar los pintores que carecen de medios o lugar para hacerlo; salas donde puedan exponer sin endeudarse para pagar su alquiler; crear salas de teatro municipales donde se ofrezca a las compañías noveles posibilidad de debutar, por cortos lapsos de tiempo; editoriales que propicien ediciones modestas para autores noveles. Estudios cinematográficos con personal especializado donde un joven director de cine pueda filmar su película. El dinero invertido en esa infraestructura estable, que continuará siendo siempre propiedad del Estado para estar al servicio del pueblo, será muchísimo menos que el gastado actualmente al repartir millones en forma indiscriminada – o selectiva, de acuerdo a los parientes y amistades – bajo la forma de subvenciones que favorecen a unos pocos y olvidan a unos muchos.
Son, en fin, consideraciones con las cuales se podrá no estar de acuerdo, pero nunca se podrá negar su vital importancia, y que la realización del Fórum Barcelona 2004 colocan en la más indiscutible actualidad.