EVOCACIÓN DE MI PADRE

Texto escrito a solicitud de la Facultad de Pedagogía de la Universidad de Barcelona para incluir en el libro “Emili Mira, els orígens de la psicopedagogia a Catalunya” publicado en catalán por dicha Facultad en 1998, e integrado por diversas monografías sobre el tema a cargo de profesores de la misma bajo la coordinación del Prof. C. Vilanou y con prólogo del Rector de la UB. Fue publicado bajo el título “Glosa de Emilio Mira por su hija”.

Al aceptar el ofrecimiento de la Universidad de Barcelona para integrar este conjunto de escritos sobre el aspecto psicopedagógico de la obra de mi padre, evocando su figura desde un punto de vista humano, era consciente de que todo lo que escribiese traería implícito un peligro, o más exactamente una condena a priori: que no fuera considerado objetivo, sino altamente subjetivo, por el hecho de estar condicionado por mi amor filial. Acepto, pues, este prejuicio inevitable, justificado porque yo realmente quería y admiraba mucho a mi padre, e injustificado porque ese amor y esa admiración están objetivamente fundamentados, ya que coinciden con la apreciación de todos los que lo conocieron.

Uno de los aspectos que más ha llamado la atención de quienes le trataron es su capacidad de trabajo, de trabajo diverso y creativo, que venía determinada por la multiplicidad e intensidad de sus intereses, y sustentada por una extraordinaria inteligencia. Esta se evidenciaba en la captación y retención rápidas de los aspectos importantes de un tema y su vinculación con otros conocimientos, estableciendo los nexos necesarios y efectuando, casi simultáneamente, una síntesis global, totalizadora. Ello explica por qué se destacó tanto en el campo de la medicina como en el de la psiquiatría, la psicología, la pedagogía, la psicopedagogía y la psicotecnia. Para él todo era una sola cosa: el estudio del hombre con la finalidad de conseguir el máximo de salud y bienestar psicofísico. Y por esto, al final de su vida, cuando ya daba por hecho que cualquier medicina tenía que ser psicosomática, propugnó un concepto más amplio, el de la medicina integral o eubiátrica (del griego: eu, bienestar, felicidad, y bios; vida), que considerase no solamente la armonía psicofísica del individuo sino también la de éste con el medio social en el que se encuentra inmerso. Llegó a la conclusión de que si la salud se deriva de una armonía en el funcionamiento de todos los órganos (incluidos los aspectos psíquicos, condicionados por las emociones), entonces entran dentro del campo de la medicina en un sentido amplio, como auxiliares, todas las ciencias que se pueden relacionar con el bienestar y, por lo tanto la mayoría de las actividades humanas. En sus propias palabras: “No es posible curar a un hombre, volverlo sano, si vive en un ambiente enfermo. De manera que el clásico aforismo mens sana in corpore sano debería ser substituido por este otro: mens sana in societas sana”.

De la importancia concedida al ambiente social nació también su lógico interés por la política, pero siempre se negó a participar profesionalmente, es decir, nunca quiso aceptar cargos públicos y solamente militó en el partido que consideraba más afín a sus ideales: la Unió Socialista de Catalunya, que se integró posteriormente en el PSUC (Partit Socialista Unificat de Catalunya).

Pero comienzo a referirme a él estrictamente como persona. Fue totalmente consecuente con su ética humanista, que casi podríamos calificar de cristiana en el sentido más puro y primitivo del término.

Su amor por la justicia y al prójimo le llevaron a ejercer la medicina en su verdadero apostolado: nunca cobró a un enfermo pobre, decía que, por el contrario, tenía que recibir más afecto y atención que un enfermo rico, ya que este último disponía de más medios para defenderse de la enfermedad. Se sumergió en la vida política de su país y de su tiempo y se puso al servicio de la Generalitat de Catalunya y de la República Española durante el período comprendido entre 1936 y 1939, porque creía que en estas instituciones había la posibilidad de un futuro justo y feliz, y temía el oscurantismo que sobrevino cuando fueron derrotadas. Ya en el exilio, durante los años que pasó de país en país y de cargo en cargo, siempre pendiente de retornar a su estimada España, tuvo que afrontar muchos inconvenientes con tal de no ceder nada en su posición ni en sus ideas, y siguió siempre ayudando, dentro de sus posibilidades, a la causa de la República y a los exiliados en desgracia.

Desde que yo era bien pequeña, y a pesar de sus numerosas ocupaciones, salíamos a pasear los dos solos. Atendía a todas mis preguntas y trataba de inculcarme de manera comprensible, teniendo en cuenta mi edad, los principios morales que él consideraba básicos. Fue así como conocí los nombres de Sócrates, Aristóteles, Espinoza o Kant antes de comenzar la instrucción secundaria. Recuerdo algunas enseñanzas de aquellos paseos: “La mejor regla general de conducta es la de los clásicos: nada en exceso”; “Todos recibimos bienes de la sociedad, que son el producto del sacrificio de muchos hombres a través de la historia, y hemos de corresponderlos tratando de aportar a la sociedad lo mejor de nosotros mismos, lo que seamos capaces de ofrecer, cada uno según sus posibilidades”; “Cuando tengas dudas sobre como debes actuar, pregúntate qué pasaría si todo el mundo hiciera lo que piensas, es decir, eleva a categoría universal tu posible conducta particular, y tendrás la respuesta sobre si es correcta o incorrecta”. Pero en nuestras conversaciones no solamente se mencionaban filósofos; de San Francisco de Asís acostumbraba a citar la frase “Es mejor querer que ser querido, perdonar que ser perdonado”.

Ni la distancia ni la formación de una nueva familia (cuando yo tenía dieciséis años) hicieron que abandonara sus deberes de padre hacia mis hermanas y yo, escribiéndonos continuamente, visitándonos en las ciudades donde residíamos, dándonos apoyo a través de sus cartas, invitándonos a pasar las vacaciones a su casa en Rio de Janeiro, donde conocimos y aprendimos a querer a nuestros hermanos brasileños más pequeños.

Su gran vitalidad iba siempre acompañada de un poderoso optimismo y un sentido del humor inmejorable. En una de las visitas de verano, íbamos en el ascensor de su casa, al lado de la playa de Copacabana, cuando nos encontramos con el vecino del piso superior, el gran escritor brasileño Jorge Amado, y me presentó: “Montserrat, mi hija menor de la primera serie”.

Respetaba profundamente a sus semejantes: detestaba hacer esperar a nadie; si un paciente llegaba a la hora de la visita y él todavía no había terminado de comer, era capaz de suprimir los postres y el café para no hacerlo esperar. Nunca vio a un paciente como un objeto de lucro, sino que simpatizó siempre con él como ser humano y participó sinceramente en sus problemas. Y exactamente por eso todos sus enfermos siempre lo han adorado, y los que hoy aún están vivos siguen haciéndolo.

Los últimos días con él los pasé en la habitación del hospital de Petrópolis ( estado de Rio de Janeiro, Brasil) donde se recuperaba del infarto que había sufrido en su casa de campo pocos días después de regresar de dictar un cursillo intensivo, convidado por la Facultad de Medicina de la Universidad de Cuyo (Mendoza, Argentina). Entonces, entre otras cosas, me dijo: “Si no me salgo de esto, habré dejado como contribución principal a la ciencia mi Tratado de Psiquiatría y el testPsicodiagnóstico Miokinético; si me salvo, sé que me quedan pocos años (ya era el segundo infarto) y tendré que pasarlos de manera tranquila y reposada en la casa de campo, pero, al menos, finalmente podré leer y escribir todo lo que yo quiero”.

Quince días después se cumplía la primera posibilidad: murió el 16 de febrero de 1964, a los 67 años de edad. El Tratado de Psiquiatría no ha sido reeditado, a pesar de ser considerado un clásico en la materia; pero el Psicodiagnóstico Miokinético ha tenido más suerte, pues cuenta con una bibliografía de aproximadamente 300 trabajos entre los cuales se incluyen numerosas tesis doctorales, y se aplica en muchos centros de psicología del mundo entero, especialmente en América, donde continúan reeditándose algunos de sus libros. Sus últimas conferencias, que compendian su pensamiento en temas de medicina, psicoanálisis, pedagogía y orientación profesional, acaban de ser editadas conjuntamente por la UNED (Universidad Nacional de Educación a Distancia) de Madrid y la Universidad de Barcelona. Ésta está colaborando felizmente en todos los aspectos posibles para recuperar y mantener la obra de mi padre, por lo cual aprovecho esta oportunidad para hacer constar aquí mi infinito agradecimiento.

 

Montserrat Mira

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