Mi infancia, guerra y exilio

1928. 23 de julio. Nazco.

Es en Barcelona. Pleno verano. Mi madre tiene 31 años y mi padre 32. Jóvenes, sanos, fuertes, excelente posición económica. Me reciben dos hermanas mayores: Pilar (Pilarín – 7 años) y Emilia (Emilita – 6 años). Según me explicó mi mamá, ya en mi adultez, no fui fruto de un embarazo premeditado, sino accidental. Pero se siguió adelante porque no había, realmente, ningún motivo para lo contrario –y menos en aquella época- y además porque durante mi gestación mantuve renovada la esperanza de mi padre de tener un hijo varón. Esperanza que defraudé ese 23 de julio al nacer a las 13.30 h del mediodía, hembra y, para colmo, con dos vueltas del cordón umbilical alrededor del cuello causantes de mi color morado y mi falta de respiración. Por suerte el Dr. Santiago Dexeus, gran amigo de mi padre y considerado el mejor médico ginecólogo de la ciudad, que atendía el parto en nuestra casa, logró salvarme al hacerme llorar – y respirar – a fuerza de golpes. Y así, un poco traumáticamente, pero con éxito final, ingresé en la vida.

Ambiente familiar

Además de mis padres y hermanas habitaba con nosotros mi abuela paterna, que había pasado a hacerlo desde que quedara viuda en 1921. Siendo mi padre hijo único, no quiso dejarla sola y pasó a vivir con el reciente matrimonio (se habían casado un año y medio antes, en octubre de 1919) en un acto por un lado comprensible pero por el otro infortunado, pues se estableció entre ella y mi madre la típica mala relación suegra-nuera durante los 20 años de vida en común que siguieron hasta la muerte de mi abuela.

Según me comentó alguna vez mi padre en relación a aquellas épocas, cuando él llegaba a casa por la noche le esperaban por un lado su madre para quejarse de algo que había sucedido con su esposa y esta para quejarse de algo que había sucedido con su madre. Él escuchaba las dos versiones del hecho, trataba de poner paz y consolar a las dos pero acababa siendo reprochado por cada una de ellas de apoyar más a la otra. En resumen, una situación que no por ser muy corriente y habitual en el mundo entero dejaba de ser molesta para las tres personas en ella involucradas.

Aparentemente fue mi abuela la que inició cronológicamente las hostilidades, criticando todo cuanto hacía y decía la recién casada, inmiscuyéndose en el manejo del hogar, etc.

Pero es evidente que también mi madre reaccionó con el tiempo y supo defenderse y contraatacar con el paso de los años.

1929 – 1933

No me acuerdo de nada. Tengo, es verdad, recuerdos anteriores al estallido de la guerra civil española, en 1936, pero no sabría en que año exacto localizarlos. Se refieren a mis cenas en la cocina bajo la vigilancia de la criada aragonesa que me cuidaba y se llamaba Dominica, una vajilla con el ratón Mickey dibujado, la existencia de una cocinera llamada Carmen y otra llamada Vicenta ¿cuál primero?, no recuerdo. Recuerdo, sí, que Carmen era delgada y Vicenta robusta, un chofer de cara redonda llamado Juan. Y los pasos, ágiles y diligentes, de mi madre, a la que veía muy poco, pero adoraba cuando venía a besarme para darme las buenas noches. También una escena de yo pegando saltitos tratando de ver como desenvolvían sobre la mesa del comedor un paquete muy grande de forma perpendicular, como si fuera una L, y preguntando “-¿Qué es eso? ¿Un martillo?” Resultó ser un patinete…

Recuerdo también mi emoción y alegría cuando enviaban a mis dos hermanas mayores a cenar conmigo a la cocina. Era porque había invitados, y en ese caso las niñas quedaban excluidas. Ellas se escapaban y espiaban la lujosa cena en el comedor, escondidas detrás de las cortinas.

Quizás fue en 1932 o 33, según el mes – pues después supe que tenía cuatro años- que fui operada de urgencia por el Doctor Corachán por un ataque de apendicitis. Y es imposible olvidar el horrible olor del éter, administrado a través de una mascarilla de goma como anestésico para realizar la operación. Y la sed intensa que sufrí al despertarme, y la tortura de que me fuera negado beber bajo los pretextos más absurdos (“A las monjas se les ha perdido la llave del depósito de agua”, por ejemplo) porque supongo que no se consideraba conveniente que lo hiciera. Y mi abuelita caminando despacito conmigo por el pasillo de la casa, ya regresada del sanatorio, arriba y abajo, muy cariñosa, mi gran compañera y amiga.

1934 y 1935

En algún momento empecé a ir al mismo colegio que mis hermanas, el “Institut Tècnic Eulalia”, en Sarriá, uno de los más modernos y pedagógicamente avanzados de la época. Aquí mis recuerdos ya proliferan: no aburriré a quien me lea con todos los referentes al colegio – aunque tengo muchísimos – y solo señalaré que con cinco años cumplidos yo ya leía bien. Mi alegría era estar enferma y quedarme en la cama leyendo. Pero como no siempre sucedía esto, leía y leía en todos mis momentos posibles, hundida en una comodísima butaca en una salita –biblioteca donde también estaba el piano en que mi hermana mayor Pilarín practicaba sin cesar, interpretando ya repertorio de concierto, pues era alumna de la famosa academia de piano de Frank Marshall, donde concluyó sus estudios a los catorce años. Como pianista fue una niña-prodigio. Pues en esa butaca me leí las aventuras de Tarzán, casi todas las novelas de Julio Verne y novelas que no podía entender demasiado debido a mi edad, como Rojo y Negro, de Stendhal, o Ana Karenina, de Tolstoi, y que releí adecuadamente años más tarde.

Mi afición a la lectura me convertía en una niña ideal: me llevaban de un lado a otro cogida de la mano y me dejaban en cualquier rincón con un libro y se podían olvidar de mí, que no daba trabajo ni molestaba a nadie. Era tranquila, apacible, y pavorosamente buena y obediente. Jamás se me ocurrió ninguna travesura. Me limitaba a jugar con mi prima, casi de mi misma edad, que venía con gran frecuencia a casa y que era –ella sí– más despierta y espabilada que yo. En cuanto a mis hermanas, Pilarín me ignoraba –si es que no se peleaba conmigo por cualquier motivo – y Emilita mantenía conmigo una relación protectora, de tipo maternal. Era la que venía a hacerme compañía al cuarto cuando estaba enferma, y recuerdo una vez que me hizo reír imitando las posturas de unas bailarinas que constituían una guarda griega que ornamentaba la pantalla de una lámpara del cuarto.

En verano mi padre nos metía a toda la familia en el coche y nos íbamos a algún hotel de la costa brava, especialmente Llafranc. ¡Cómo me gustaba el café con leche del hotel! ¡Qué ilusión me hacía el desayuno de allí! Y el viaje en coche, yo adormecida en la parte de atrás sobre las rodillas de mi madre. También recuerdo unas vacaciones en la Vall d´Aran y el escándalo que armé con mis llantos y gritos cuando me picó una avispa. Pero me dejo llevar y, como dije antes, hay que limitarse un poco a aquellos datos que puedan ser más interesantes o significativos.

Por último dedicar un par de páginas a la infancia en la preguerra no es excesivo.

1936. La guerra

Año significativo en la historia de España del siglo XX. No sé en qué mes –supongo que en mayo – hice la primera comunión. Mi padre era y fue toda su vida absolutamente agnóstico pero hasta había accedido a casarse por la iglesia para complacer a mi madre y era lógico que además siendo, como éramos, una de las familias “bien” de Barcelona, cumpliéramos con los rituales de la sociedad de la época. Conservo todavía la fotografía, y el recuerdo de la gran fiesta que organizó mi madre en nuestro piso de la Rambla Catalunya 35 a la cual asistieron, como niños y niñas de mi edad, muchas personas posteriormente destacadas en la vida científica y cultural catalana. Fue una fiesta maravillosa, acabamos tirándonos por el suelo en medio de una alfombra de confetis, serpentinas y globos, después de jugar y reír como nunca durante unas horas inolvidables.

Ese año mis hermanas empezaban ya a ser unas señoritas, y mi padre decidió obsequiarlas llevándolas, junto con mamá, a un Congreso de Psiquiatría que se celebraba en Zúrich, Suiza (concretamente el Congreso de Médicos Alienistas y Neurólogos de Lengua Francesa, donde él presentaba una ponencia). Era un viaje de pocos días, y yo me quedaba en casa cuidada por Dominica, la muchacha aragonesa que venía haciéndolo casi desde mi nacimiento, y la supervisión de mi abuela.

Quizás ha llegado el momento de informar que en esos momentos mi padre estaba por así decir en el punto culminante de una meteórica carrera en su especialidad que le había llevado a ser, entre muchos otros cargos y actividades, electo en 1930 presidente de la VI Conferencia Internacional de Psicotecnia (Barcelona), en 1931 Director del Instituto Psicotécnico de la Generalitat de Catalunya, en 1932 Presidente del XI Congreso Internacional de Psicología y Director-consultor del Instituto Pere Mata de Reus, y en 1933 Profesor de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona, Presidente de la Societat Catalana de Psiquiatria y Neurologia, Presidente de la Liga Española de Higiene Mental , Director del Sanatorio Psiquiátrico de San Baudilio (Sant Boi) e invitado especial (huésped de honor) y relator principal de la sección psicología de la American Society for the Advancement of Science (Chicago, USA) a cuya reunión anual ya había asistido convidado como único representante español en 1929.

Además atendía profesionalmente al hijo del Presidente de la Generalitat de Catalunya, Lluis Companys, con quien le unía una buena amistad, su consulta privada estaba saturada, era co-director y co-propietario de una hermosa clínica de reposo para enfermedades nerviosas en Sant Just Desvern, había creado y dirigía la primera clínica para patologías mentales infantiles que se fundó en Europa, con las técnicas más vanguardistas de observación (“La Sageta”) y era, indiscutiblemente, el psiquiatra y psicólogo español más destacado.

El 18 de julio por la mañana se oyeron disparos. Solo recuerdo que quizás al día siguiente o no sé cuándo Dominica me llevó a la Plaza Catalunya a ver los caballos muertos. Y una tarde, en que me dijo que fuera al dormitorio de mis padres y allí estaban escondidos ellos y mis hermanas, que habían llegado y querían darme una sorpresa, y me abrazaron con alegría.

Habían sufrido mucho, pues estando en una cena de gala en el referido congreso de Zúrich llegó la noticia de la sublevación, y circuló un diario cuyo título era ¡Barcelona en llamas! Abandonaron la cena, fueron al hotel para hacer las maletas y se metieron en el coche viajando casi sin parar hasta la frontera. Me contaron que al llegar allí los milicianos que la custodiaban estaban extrañadísimos pues todo el mundo la atravesaba huyendo hacia Francia y quizás mi familia era el único caso de personas que, por el contrario, querían entrar. Uno de los milicianos le dijo a mi padre, refiriéndose a mis dos hermanas, que tenían 15 y 16 años “¿Cómo va a entrar usted a estas niñas en este horror?”. Pero vinieron. Éramos una familia muy unida. Mi madre hubiera podido instalarse con mis hermanas en París y no hubiera sido problema para mi padre enviarme con ellas no bien llegado a Barcelona. Pero seguramente ni pasó por su cabeza la idea de separarse.

No recuerdo cuando, pero sí que mi primer contacto con la guerra y el miedo fue la tarde en que se oyeron unos ruidos aterradores. Eran cañonazos dirigidos sobre la ciudad por un barco. Yo estaba jugando con mi prima María Rosa y realmente sentí miedo. Nuestras respectivas madres (que eran hermanas) nos hicieron meter debajo de la cama, actitud que se repitió otras veces más adelante, cuando empezaron los bombardeos aéreos, y no era desatinada pues recuerdo que en uno de ellos toda la cama quedó cubierta por los cristales que estallaron de la galería adyacente. De ese año 36 recuerdo también haber visto como desde un balcón de enfrente de mi casa arrojaban al suelo cuadros, posiblemente valiosos, con escenas de santos y crucifixiones, y otros objetos de valor de índole religiosa. También una vez Dominica me llevó (sin que mis padres lo supieran) a una calle frente a una iglesia donde habían colocado los féretros de monjas allí enterradas y los habían abierto para su exhibición en público. Fueron unos meses de excesos irrefrenables, cometidos por bandas supuestamente de la FAI (Federación Anarquista Ibérica) pero entre las que debía haber muchos delincuentes comunes. Una de estas bandas pasó por las cercanías de la clínica para tratamiento de psicopatías infantiles que había creado y dirigía mi padre y que, como dije anteriormente, era una institución admirada en Europa, y simplemente porque vieron un edificio moderno y lujoso le prendieron fuego. De él y sus costosas instalaciones quedaron solo cenizas.

1937 y 1938

No voy a extenderme muchos en estos años. Las constantes eran las sirenas, los bombardeos, el racionamiento y el hambre. Pero había, frente a eso, algo muy positivo:

La gente estaba unida, todo el mundo hablaba entre sí por la calle con naturalidad, como si se conociera de toda la vida; el gobierno había logrado poner fin a los excesos de los primeros meses y fundado el ejército de la República, y el orden y la disciplina ganaron terreno poco a poco. Mi padre – que al día siguiente de regresar a España se había puesto a disposición del Gobierno de la Generalitat, había sido nombrado Director del Instituto de Adaptación Profesional de la Mujer, creado dentro del Departamento de Trabajo de la misma para formar técnicamente a mujeres que pudieran sustituir en su trabajo a los hombres que marchaban al frente. El 4 de marzo de 1938 tuvo que abandonar esa función pues fue adscrito por el Gobierno de la República a la Inspección General de Sanidad del Ejército de Tierra, nombrándole Jefe de los Servicios Psiquiátricos, concediéndosele el grado de Teniente Coronel mientras desempeñase tal cargo. El relato de aquella época, y la valiosa experiencia cosechada están reflejados en su libro “Psychiatry in war” (La psiquiatría en la guerra) publicado en 1943 en Nueva York y posteriormente en traducción española en Buenos Aires.

En lo que respecta a mi vida personal, mi instrucción se vio claramente interrumpida por estos acontecimientos. Recuerdo que llegué a asistir unos meses a una academia particular que resultó absolutamente destruida durante un bombardeo que se produjo – afortunadamente- fuera del horario escolar. Después, contando ya con 10 años, di examen de ingreso de bachillerato y llegué a asistir a clases en un instituto secundario oficial, donde cada día nos repartían una hogaza de pan negro a cada alumno que debía ser valerosamente defendida ante el ejército de mendigos que nos esperaban a la salida.

Habitábamos un 1er piso en la Rambla Catalunya nº 35, al lado del cual cayó una noche una bomba que provocó no solo rotura de vidrios sino grietas en las paredes, haciéndolo inhabitable. Así una noche que mi padre llegó a casa nos encontró a las cinco mujeres (mi abuelita, mi madre, mis dos hermanas y yo) sentadas en el bordillo de la acera, esperándolo. Nos trasladamos todos transitoriamente al Institut Tècnic Eulalia, en Sarriá, debido a la amistad de mi padre con su Director y posteriormente pasamos a un piso creo que en la calle Casanova cedido por un paciente de él, trasladando allí algunas pocas pertenencias indispensables del piso de la Rambla Catalunya. Esto duró muy poco tiempo, pues sucedió ya a fines de 1938.

Como es sabido, el principio del fin de la República sobrevino con el derrumbe del frente posterior a la batalla del Ebro y la irrupción de las fuerzas franquistas en Catalunya en enero de 1939.

1939. El exilio

Una noche, al volver del colegio abrió la puerta mi madre con una vela en la mano (se estaba produciendo un bombardeo y como es sabido en esos casos se cortaba la electricidad) y me dijo “Métete en la maleta que está en tu cuarto lo que quieras porque esta noche salimos de Barcelona, que está a punto de caer”. En la sala estaba mi padre, tratando de convencer a un grupo de amigos que la República aún no estaba perdida. Era el 23 de enero. Me fui a mi cuarto e hice una maleta absolutamente insensata: inútiles cuadernos de colegio y libros predominaban sobre mi ropa. Mi madre, ayudada por mis hermanas mayores, distribuía el medio litro de aceite heroicamente guardado durante meses entre las amistades que nos habían venido a despedir. Por la madrugada nos metimos en el auto oficial de mi padre conducido por su chofer también oficial, que se unió a otros cinco o seis autos de familias de médicos en las mismas condiciones y emprendimos viaje hacia el norte. En nuestro coche iba también Julia Francolí Münker, la fiel secretaria de mi padre durante veintitantos años en el Instituto de Orientación Profesional, que temía ser condenada por ese motivo. Y temía con razón, puesto que uno de los cargos por los cuales fue encarcelado por las autoridades franquistas el Dr. Carles Soler Dopff fue “por haber sido amigo y colaborador del Dr. Mira”. Recuerdo dos o tres días en una masía de Girona, adonde llegaron mensajeros con la noticia de la caída de Barcelona, lo que impulsó a nuestra caravana a tomar inmediatamente rumbo a Figueres, donde – según los mensajeros – se había reconstituido el Gobierno de la Generalitat.

Nunca olvidaré la travesía de la ciudad, de la cual habíamos oído referencias que estaba sometida a bombardeo constante. Un atolladero total de coches y yo contando los segundos que nos faltaban para salir de allí, muerta de miedo. Salimos, ¡pero para qué! De repente se para la caravana: varios aviones que ametrallaban directamente, en vuelo casi rasante, venían hacia nosotros. Bajamos todos y nos tiramos a la cuneta del camino. Yo me escondí bajo el vientre de mi madre, con un tronquito que ella arrancó en el momento y me puso entre los dientes (se hacía para evitar que el ruido del estallido de las bombas dañara los tímpanos). Solo recuerdo el miedo, nada más, y la visión de los Pirineos delante, y mi pensamiento: - “Oh, no, por favor, después de tres años, ahora no!”. A mis diez años, sabía suficiente geografía y política como para darme cuenta de que detrás de aquellos montes estaba nuestra salvación.

Proseguimos viaje y llegamos a Le Perthus. Era de noche, y enormes hogueras se perdían a la distancia. Llovía. Las hogueras eran de la gente que llevaba allí tres días esperando a que los franceses les dejaran cruzar la frontera, según nos informó rápidamente a través de la ventanilla del coche y con un saco en la cabeza para protegerse de la lluvia algún médico conocido nuestro que pasó por allí. Nos dijo también que era inútil esperar allí, que en cuanto amaneciera siguiéramos para Port Bou. Así, pasamos la noche dentro del auto: el chofer, mi mamá, mis dos hermanas, Julia, mi abuela de setenta y tantos años con su brazo enyesado y yo. A mi hermana Pilarín se le ocurrió sacarse la faja, diciendo que no la aguantaba más. En un coche con siete personas la escena va sin comentarios.

Imposible dormir: empezaron a tirarnos piedras: “¡Privilegiados! ¡Salid a mojaros, como nosotros!” Realmente tengo entendido que allí durante aquellos días murió mucha gente, sobre todo criaturas.

Recuerdo algo así como que en algún momento antes de llegar a Port Bou nos metimos sentadas en una ambulancia, supuestamente para facilitar el traspaso de la frontera. Jaime, el chofer, retornó hacia el sur para reunirse con mi padre, que estaba evacuando todos los centros hospitalarios para enfermos mentales de guerra bajo su dirección.

A Pilarín un gendarme francés – selectamente escaso entre los negros senegaleses uniformados – le arrancó de los brazos la gramola portátil que llevaba con devoción y se la estrelló en el suelo: “¡Vous les espagnols n’avez pas besoin de vous amuser!”.

Son pantallazos de recuerdos. La estación de Perpignan. La Cruz Roja bajando heridos y mutilados del tren, repartiendo leche con enormes cucharones sumergidos en cubos metálicos, entre los niños viajeros. Yo la rechacé. No me sentía mal: me sentía pésima. Me entró fiebre. Siempre trotando de la mano de mi madre (mis hermanas y Julia cargando las maletas y ayudando a mi abuela) llegamos a localizar “El Negresco”, un bar que nos había recomendado una de nuestras últimas criadas como siendo de algún primo. Nunca olvidaré la imagen de mi abuela, muy digna, tiesa e impertérrita con su brazo enyesado en el medio de la plaza rodeada de maletas y de viejas francesas que la contemplaban con conmiseración diciendo en voz alta “¡Pauvre femme, pauvre femme!” mientras parte del grupo había entrado a parlamentar en el bar con resultados negativos.

Empezó el peregrinaje: dividiéndonos (siempre mi mamá, mi abuela y yo dejadas con las maletas a la espera), recorriendo Perpignan, pugnando por un alojamiento, lo mismo que miles de personas en iguales o peores condiciones que nosotros. Recuerdo que era ya el anochecer cuando nos avisaron que podíamos subir a la buhardilla de un hotelucho, donde por un precio exorbitante nos pusieron unos colchones en el suelo. Recuerdo también que, alentada por mi fiebre, pasé una horrible noche de pesadilla, de bombardeo perpetuo, oyendo el ruido de los aviones y viendo estallar las llamas en tecnicolor.

Oí hablar entonces y en los días subsiguientes de españoles que habían dado sus joyas por una noche de habitación. El problema se atenuó con celeridad gracias a la gentil intervención de la policía francesa, que recorría devotamente las calles ofreciendo alojamiento gratuito pero forzado en los campos de concentración. No era ni siquiera necesario pedir documentos: nuestro aspecto nos delataba. Mis hermanas y Julia decidieron disfrazarse, si no de francesas, de mujeres civilizadas, y se compraron medias, pues eran las encargadas de salir a la calle para averiguar noticias de mi padre. En mis escasas incursiones callejeras recuerdo mi mirada de admiración, no tanto ante los platos servidos en los restaurantes, sino ante las sobras dejadas en esos mismos platos por los clientes. Con una de aquellas sobras, cualquier habitante del otro lado de los Pirineos habría hecho un festín, familia incluida. Recuerdo que entonces pensaba (casi nunca hablaba, siempre pensaba) “¿Pero cómo? ¿Es que no lo sabían? ¿Cómo es posible?”.

La reclusión en la buhardilla con los colchones duró bien poco. La parte débil del grupo - mi mamá, mi abuela y yo – partimos en un tren hacia París. Destino:Boulevard Haussmann, una de las casas más distinguidas, perteneciente a un adinerado norteamericano cuya esposa, española, había sido tratada y curada de su neurosis por mi padre y le tenían especial amistad y agradecimiento. Así que, de repente: casa de lujo, dormitorio de lujo, baño caliente, comida suculenta. A la segunda o tercera noche, poco antes de cenar, llegó el resto del grupo que había esperado a mi padre. A pesar de llegar hecho un esqueleto, envejecido, encanecido, estaba aún más agotado moral que físicamente. Ya no podía insistir en que la República no se perdería. El piso, los bienes, el nombre, el prestigio, el trabajo de veinte años, creo que ni él ni nosotras lo tomábamos en cuenta. Después de tres años de vivir una vida de ideales y de fe, uno se vuelve un poco loco y solo le quedan esos ideales y esa fe.

A las dos horas más o menos de su llegada nos sentamos en la mesa para cenar. Mantel blanco almidonado, vajilla de porcelana, criados con guantes blancos, vinos refinados – recuerdo que Míster X abrió uno especial del Rhin, de tremenda antigüedad, y brindó. Lamentablemente se le ocurrió brindar casi al principio de la comida, pues su brindis fue: “Brindo para celebrar el fin de esta guerra y que los rojos hayan acabado de matar gente”. Realmente no fue muy diplomático. Mi padre no respondió: se puso de pie y nos miró a cada una de nosotras. Fue hasta su cuarto y nosotras a nuestros respectivos; juntamos nuestras maletas y bajamos en el ascensor. Sin palabras.

Tras algunas horas de peregrinaje en pleno invierno por las calles de París, nuestro extraño grupo se instalaba en un hotel de callejuela, de esos en los que uno no se sienta con demasiada seguridad en las sillas, y en donde mi hermana Pilarín pudo ser feliz quejándose de todas las chinches y pulgas que la atacaron.

No sé cuántos días permanecimos allí. Solo recuerdo la imagen de mi padre golpeando incesantemente la máquina portátil de escribir – único bien que había traído. Yo había encontrado una Gillette y me dedicaba entusiasta y pacíficamente a raspar el polvo negro enganchado en una figura situada sobre una repisa y que ahora reconozco como siendo posiblemente la de Diana Cazadora. ¡Qué alegría sentía cada vez que lograba hacer aparecer un pedacito de cerámica blanca, de un blanco rutilante, descubriendo así gradualmente la belleza de Diana! Mientras permanecimos allí, fuimos convidados a cenar a casa del célebre psicólogo francés Henri Pieron, así como a la casa de Henri Wallon, que fueron sumamente cordiales y amables con nosotros.

Del hotel salimos para meternos en un tren. Los españoles refugiados no podían permanecer en París, solo podían reivindicar sus eventuales derechos a no ir a parar a un campo de concentración desde un radio superior a 27 km. de distancia de la capital francesa. Y así, recalamos en Pomponne, un pueblecito de cuatro casas cercano a la muy famosa y honrada Neully-sur-Seine, donde se había librado en la Primera Guerra Mundial la batalla del Marne. De lo que no nos libramos nosotros fue del dueño de la posada de Pomponne, que había intervenido en la misma, y que deliraba de felicidad cada vez que encontraba nuevas víctimas para su relato.

Estando allí se produjo una nueva disgregación: mi padre, después de haber reclamado su nacionalidad cubana, por haber nacido en Santiago de Cuba en 1896, hijo de un médico-coronel de Sanidad española que estaba allí asignado, partió hacia Londres, con una beca del Maudsley Hospital para dar curso sobre Psiquiatría en la Guerra y perfeccionar su test de personalidad denominado PMK (Psicodiagnóstico Miokinético). Mis dos hermanas fueron a Suiza, invitadas y acogidas por un colega de nuestro padre, el Dr. Forel, quien las puso a trabajar como auxiliares de enfermería en la lujosa clínica privada para enfermedades nerviosas y mentales que poseía cerca de Ginebra, en las orillas del lago Lemman. Al poco tiempo, las cartas recibidas por mi madre en las que contaban su soledad y sus penurias (hay que recordar que tenían respectivamente 16 y 17 años) la movieron a trasladarse también a Suiza, (conmigo como inevitable apéndice), para darles apoyo afectivo y hacerles de paño de lágrimas. Alquiló una habitación en una pequeña casita cercana a los diversos pabellones que componían la clínica, y allí venían ellas siempre que podían a encontrar un poco de calor familiar. Quedaron en Pomponne mi abuelita y Julia, paseando y escuchando el relato de la Batalla del Marne.

Recuerdos de Suiza: primavera abril o mayo de 1939) paisajes bucólicos, niños y niñas rubios, que admiraban mis trenzas negras largas hasta la cintura. Un solo día de clase en la escuela del pueblo (con niños tirándome de las trenzas por atrás); una invitación de una condiscípula a jugar en su casa al día siguiente, un resbalón jugando, y los dos huesos de la pierna derecha rotos un poco arriba del tobillo. Operación, yeso, cama. Desde allí veía llegar a mis hermanas en los ratos de licencia en que se podían escapar, a contarle llorando a mi madre sus respectivas penurias: la una limpiando pisos enteros, la otra cuidando locos furiosos.

Yo escribía a mi padre, allí solo en Londres, inventando relatos de mi asistencia a la escuela, pues mi madre dijo que no convenía apenarlo con la información de mi fractura. Otra huésped de la casita (recuerdo que se llamaba Mme. Thierry) me había regalado postales dibujadas que yo coloreaba con acuarelas y usaba para mi correspondencia. Me acuerdo de una que empezaba algo así como “Querido papá: ayer no me dejaron tomar chocolate y lloré, y dije que no cenaría ni te escribiría. Luego cené pero no te escribí.” Como se ve, era muy sincera.

Faltaban aún varios días para retirar el yeso de mi pierna cuando llegó carta de mi padre anunciando que ya podíamos reunirnos con él, y pidiendo para viajar inmediatamente. Hubo entonces que escribirle la verdad y postergar el viaje, pero, por otro lado, abrir mi yeso con cierta anticipación. Calzando botas cortas y llevada a cuello por mis hermanas iniciamos nuestro viaje por tren a París y a Pomponne, para recoger a la abuela. De allí seguimos para Le Havre, a tomar el vapor para Liverpool, después de despedirnos de Julia, la secretaria de mi padre, que, atenuado su terror a ser fusilada, estaba evaluando la posibilidad de regresar a España o la conveniencia de quedarse ya en Francia. Omití mencionar que, al haber sacado éste en París su pasaporte como ciudadano cubano, su esposa e hijas menores de edad (o sea las tres) adquiríamos automáticamente dicha nacionalidad , y en esa condición nos dirigíamos a Inglaterra. En el momento de embarcar no dejaron subir a mi abuela, madrileña de pura cepa, que seguía teniendo únicamente su pasaporte de la República Española. Recuerdo que, al borde de la escalerilla para subir al vapor, mi madre abrió el bolso, le dio todo el dinero que tenía y le dijo “Ya la mandaremos a buscar...” y dejamos a la pobre anciana al borde del muelle en Le Havre sola y sin saber una palabra de francés.

En cuanto a Julia, de ascendencia judía, el veloz avance de las tropas alemanas que invadieron Francia en 1940 resolvió su dilema: regresó como un rayo a Barcelona.

De Londres recuerdo haber ido directamente a una pensión, situada en un barrio que acababa en “Hill” lo cual no es una clave de identificación muy útil, como sabrán todos los que conozcan dicha ciudad, Yo entonces no la conocí; conocí solamente la pensión y el recorrido hasta el mercado, ayudando a mi madre a cargar las bolsas de las compras. No frecuenté ninguna escuela por hallarnos en época de vacaciones. A esa pensión acudían a veces otros refugiados españoles en Londres; recuerdo entre ellos a miembros de las familias Pi-Sunyer y Trueta, y también a un psiquiatra o psicólogo judío ruso que había trabajado años en el Instituto de Orientación Profesional: el Dr.Chleussebairgue o nombre parecido, y jugaba al ajedrez con mi papá.

Otra guerra

A principios de septiembre, y ya recuperada la abuela por gestiones urgentes de mi padre, toda la pensión en pleno se reunió para escuchar el discurso de Neville Chamberlain en el que declaró la guerra a Alemania. Poco después sonó la primera alarma aérea (por suerte falsa) pero que motivó un revuelo que a nosotros – fatalistas y duchos con nuestros tres flamantes años de bombardeos soportados- nos parecía absurdo. Solo por no ser descorteses nos dejamos conducir a un refugio de no más de tres metros de profundidad que el sector masculino de pensionistas llevaba cavando pacientemente desde hacía un tiempo. Y por igual razón todos los miembros de mi familia se semiasfixiaron al cumplir los reglamentos de colocarse la máscara anti-gas, menos yo, que declaré muy contenta que la había olvidado. Tras una enconada discusión entre dos pensionistas: “¡No, usted tiene familia que mantener, y yo soy soltero!”.... “¡Sí, pero usted todavía es joven, no merece morir!”. Me pusieron la máscara de uno de ellos, que yo me saqué inmediatamente en medio de horribles toses.

Mi madre, que sacaba a relucir su autoridad solo en casos importantes, comunicó a mi padre que no tenía intenciones de pasar otra guerra, lo que movió a éste a recurrir nuevamente a sus cartas, esta vez dirigidas a América, visualizada como continente de paz. Como resultado de ellas, a principios de noviembre de 1939 nos dirigíamos nuevamente a Liverpool para embarcar rumbo a Buenos Aires en el “Highland Monarch”, un vapor de 14.000 Tm de la British Royal Mail. Como en el éxodo anterior, viajábamos la parte femenina de la familia. Mi padre, que el 10 de octubre había presentado su test PMK ante la sección de psiquiatría de la Royal Society of Medicine bajo el título “The M.P.D. A New Device for Detecting the Conative Trends of Personality”, se quedó unos días más, y embarcó solo hasta New York, desde donde inició una serie de conferencias invitado por universidades de diversas ciudades norte, centro y sudamericanas, hasta reunirse con nosotros en la capital argentina a principios de 1940.

El viaje en el “Highland Monarch” duró casi todo el mes, puesto que – no entiendo por qué, pero decían que disminuía el peligro de chocar con minas submarinas, de las cuales el Atlántico empezaba a estar plagado – navegábamos haciendo zig-zags en vez de línea recta. Además se practicaba el “blackout”, es decir que por las noches no se podía ver ninguna luz desde el barco para no llamar la atención de aviones ni submarinos.

Mi mamá pasó la travesía parcialmente encerrada en su camarote, cosiendo (con la máquina de coser portátil que había traído de Cuba mi abuelita cuando regresó a España en 1898) alguna ropa para que mis hermanas no hicieran un papel tan deslucido frente al vestuario elegante del pasaje inglés. Teníamos constantes ensayos de evacuación, pero en conjunto resultó una travesía agradable, puesto que un amigo londinense de mi padre había tenido la amabilidad de cambiar como obsequio por pasajes de primera clase los pasajes de clase turista enviados desde la Clínica que había contratado a mi padre en Buenos Aires como psiquiatraconsultor.

Finalmente hicimos nuestra primera escala americana en Pernambuco, que reafirmó la idea romántica que teníamos de América: frondosas vegetación, negros de torso desnudo cargando sacos en el muelle. La segunda escala fue Rio de Janeiro, que siguió confirmando nuestras expectativas. Pero cuando finalmente nos fuimos acercando a Buenos Aires y yo divisé los edificios desde lejos, exclamé, decepcionada: “¡Oh, es una ciudad como cualquier otra!”. Eso fue exactamente el 26 de noviembre de 1939 y yo tenía 11 años y cuatro meses.

 

 

Montserrat Mira

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