El síndrome de las ranitas

 

El extraño título se debe a un episodio ocurrido en mi infancia cuyo recuerdo no ha dejado de perseguirme hasta mi presente ancianidad. No porque el hecho tuviera ninguna importancia en sí, sino porque en el transcurso de mi vida no solo he sido repetidamente objeto pasivo de lo que en mi infancia fui sujeto activo, sino que he descubierto, conversando sobre el tema con otras personas, que ellas habían sido también víctimas de lo mismo. En otras palabras, que se trataba de una modalidad de reacción propia y posiblemente exclusiva de los seres humanos, cuya fórmula general podía extraerse del ejemplo acontecido en mi infancia, que paso a relatar, y posteriormente relacionaré con teorías del gran Karl Jung.

Tendría yo cuatro o cinco años, fue en la Barcelona anterior a la guerra civil. Mi madre salía de paseo o de compras, sola o con amigas, y con frecuencia me llevaba de la mano. En aquella época en la ciudad abundaban los más diversos vendedores ambulantes y de vez en cuando, para consolarme de su negativa a cumplir mi reclamo permanente de un perrito, mi madre me compraba alguna otra cosa. En este caso concreto, el hombre vendía pequeñas cajas de un material transparente (posiblemente vidrio) dentro de las cuales sobre un fondo de arena descansaban dos minúsculas ranitas verdes. En un rincón de la caja había, como en las jaulas de pájaros, dos pequeños recipientes destinados respectivamente a comida y agua, y en el precio estaba incluidas varias papelinas que contenían el supuesto alimento adecuado, tipo granulado fino que debía ser suficiente para alimentarlas una larga temporada, aparte de ser e fácilmente conseguible en las tiendas de animales.

Cuando regresamos a la casa, quedaron instaladas en la galería descubierta de nuestro piso que daba al interior de la manzana. Y desde entonces durante varios días yo antes o después de ir al colegio vertía la comida y añadía agua en los recipientes respectivos. Las contemplaba un rato, y después me iba a otras ocupaciones. Pero pasaron quizás semanas y mi interés por ellas decayó. Y llegó un momento en que lisa y llanamente las olvidé. Un día de repente las recordé y salí a la galería a verlas. Una de ellas yacía boca arriba, posiblemente moribunda o muerta, posiblemente por hambre o por sed. La otra estaba inmóvil en un rincón. La sensación que yo experimenté en ese momento fue una especie de mezcla entre asco, repugnancia y odio hacia aquellos bichos. Sin vacilar cogí la caja entre mis manos me acerqué a la barandilla de la terraza y la giré, precipitando todo su contenido al vacío. Debieron caer y morir aplastadas contra el suelo del patio del entresuelo del edificio. No recuerdo nada más.

Es posible que mi madre me pidiera explicaciones, o incluso que me riñera, pero no lo recuerdo en absoluto. Lo que se me ha quedado incrustado dentro de mí para siempre es aquel, repentino sentimiento de odio hacia aquellos seres indefensos de cuyo infortunio era yo la culpable.

¿Por qué el recuerdo de ese momento y de ese sentimiento me persigue hasta el punto de llevarme a escribir el presente escrito? Porque he tropezado en el curso de mi vida con muchas personas a las cuales yo he querido y ayudado y han reaccionado no solamente no mostrando el menor agradecimiento sino una verdadera hostilidad hacia mi persona. No voy aquí a ponerme a relatar esos ejemplos caso por caso. Básteme decir que han sido muchos. Y en los primeros casos yo no lo entendía, me rompía la cabeza pensando “Si son ellas las que se han portado mal conmigo, y yo las perdone y no se lo reprocho, ¿por qué encima y además me demuestran esta hostilidad enorme que roza el verdadero odio? Y a fuerza de coleccionar casos semejantes, no solo acaecidos conmigo, sino de escuchar de otras personas relatos y quejas de haber sido víctimas de tratos similares, me acordé del episodio que relaté inicialmente y decidí denominar a esta actitud “síndrome de las ranitas”. Aquellos animalitos no me habían hecho ningún daño, me habían distraído y divertido incluso durante un cierto tiempo, era yo quien las había dañado gravemente y, a pesar de eso, o quizás justamente por eso, en vez de odiar mi propia conducta las odié a ellas hasta el punto de matarlas.

El haberse dado esa actitud en una niña tan pequeña, haber tenido yo esa actitud tan pura y genuinamente primaria e instintiva, a pesar de haber sido yo siempre hasta excesivamente bondadosa ,( jamás he hecho voluntariamente daño alguno a persona o animal) me lleva a pensar que esos seres humanos adultos que acostumbran a tener reacciones semejantes – ya que como dije no solo me los he tropezado yo en el trascurso de mi vida, sino muchas otras personas, y quizás quienes lean esto también caerán en la cuenta de haber conocido o vivido casos semejantes , sea en el papel de víctima (las ranitas) o de verdugo (yo, en ese primer caso , pues en los posteriores de mi vida personal he pasado siempre a desempeñar el primer papel). Y releyendo un libro sobre la obra de Jung caí en la cuenta de que quizás podríamos inscribir el síndrome de las ranitas entre tantos otros aspectos de esa sección del inconsciente humano que Jung denominó “la Sombra”, siendo la Sombra uno de los grandes apartados del inconsciente colectivo descrito por ese gran pensador, aquel en el que se agrupan los peores instintos de las personas.

 

Montserrat Mira

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